¿Es necesario reinventar a Dios?
Como dijo Sócrates: «Solo sé que no sé nada». Lo decía con humildad, pero también con una cierta elegancia: la de quien acepta el misterio sin necesidad de llenarlo. Nosotros, en cambio, no hemos podido evitarlo. Y, a medida que avanzamos en el conocimiento del universo, por un lado, y en la estructura íntima de la materia, por otro, aquella afirmación socrática no solo se mantiene, sino que se refuerza.
El universo no ayuda. Cuanto más miramos hacia afuera —hacia el infinito expandido de galaxias y materia oscura— y cuanto más miramos hacia adentro —hacia la estructura cuántica de la materia, donde las partículas existen y no existen al mismo tiempo—, más evidente se vuelve que el mapa no tiene bordes. Cada descubrimiento no cierra el territorio: lo agranda. La física cuántica nos recuerda, y nos demuestra, que nunca podremos llegar a saberlo todo. Sabemos más, sí. Pero precisamente por eso medimos mejor la magnitud de lo que ignoramos.
Y es en ese vacío -consustancial con la propia naturaleza humana- donde apareció Dios. No como certeza, sino como solución de urgencia. Entiendo perfectamente que las religiones existan y deban existir: son tecnologías del consuelo, sistemas de comportamiento, marcos morales sin los cuales buena parte de la civilización sería incomprensible. Pero, si trasladamos todas nuestras preguntas —el origen, el sentido, el porqué— a una figura divina, lo único que hacemos es mover el problema de sitio. Porque entonces la pregunta inevitable es otra: ¿qué es Dios? ¿Cómo se define? Y, sobre todo, ¿desde cuándo?, ¿quién lo creó? No resolvemos nada. Solo estamos elevando la incertidumbre a un nivel superior sin preguntarnos cuántos niveles quedan aún por encima.
Pero ante al duda no deberíamos detenernos. Somos curiosos e inquietos. Y, mientras seguimos sin poder parar, ha aparecido algo nuevo en la ecuación que adquiere autonomía funcional: la inteligencia artificial, una tecnología capaz de aprender, decidir y actuar a partir de datos, patrones y objetivos definidos por nosotros: chips, circuitos, algoritmos, modelos matemáticos, redes neuronales y cantidades ingentes de información procesada a una velocidad inhumana. Y, curiosamente, su mejor símbolo no es un superordenador, sino algo mucho más simple y antiguo: el pulgar, Nuestro dedo gordo.
Ese dedo opuesto que permitió el salto evolutivo del primate al Homo sapiens —el que nos permitió sujetar herramientas, fabricar útiles y transformar el entorno— es hoy el mismo que se desliza sin descanso sobre la pantalla.Ya no empuña una piedra, una lanza o una herramienta: acaricia un cristal iluminado y lo convierte en una rueda sin fin, en el motor silencioso del scroll infinito. La misma ventaja evolutiva que nos ayudó a dominar el mundo es ahora la que nos mantiene atrapados en un flujo interminable de estímulos, imágenes, recompensas y algoritmos.
Así que aquí estamos.
Con el universo sin bordes por arriba, con la materia sin fondo por abajo, con una inteligencia artificial que crece por los lados y con el mismo pulgar con el que un día empuñamos la primera herramienta ahora deslizándose, distraído, sobre una pantalla hacia una distopía que ya no imaginamos, sino que alimentamos..
Quizá no necesitamos reinventar a Dios.
Quizá ya lo hemos hecho.
Solo que esta vez no vive en el cielo.
Vive en la nube.
Tomás Cascante
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