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¿Qué más da quién escribió el libro?

admin 3 de agosto de 2026 ⏱ 5 min lectura
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Veo, y confieso -no sin cierto asombro- cómo se está empezando a dar una enorme importancia a saber si un libro ha sido escrito con ayuda de la inteligencia artificial. Incluso ya se está legislando para obligar a advertir al lector cuando una obra ha sido creada, total o parcialmente, con IA. No comparto ese planteamiento y, además, me pregunto -por no decir que afirmo- si esa etiqueta no acabará condicionando negativamente el juicio del lector antes incluso de abrir la primera página.

Creo que nos estamos haciendo la pregunta equivocada.

La única pregunta importante debería ser otra: ¿es un buen libro?

Si emociona, hace pensar, enseña, entretiene, está bien escrito o aporta una idea original, ¿qué cambia saber si fue escrito con ayuda de una inteligencia artificial? ¿Acaso preguntamos si el autor escribió con un bolígrafo, con una máquina de escribir o con un ordenador? ¿Nos interesa saber si se documentó en una biblioteca, consultó miles de páginas en Internet o pasó meses entrevistando a expertos? Evidentemente, no. Siempre hemos juzgado la obra y nunca las herramientas con las que fue creada.

Alan Turing formuló hace más de setenta años una cuestión que hoy sigue teniendo plena vigencia. Si una persona no puede distinguir si está hablando con otra persona o con una máquina, ¿qué importancia tiene quién está al otro lado? Con los libros sucede algo muy parecido. Si el resultado es indistinguible, ¿por qué seguimos dando más importancia a cómo se creó la obra que a la propia obra?

Pero, en mi opinión, hay un error todavía mayor. Cada vez escucho con más frecuencia que la inteligencia artificial escribe libros. No es cierto. La inteligencia artificial no escribe libros; las personas escriben libros utilizando una herramienta nueva. Y esa diferencia es mucho más importante de lo que parece.

Existe la falsa creencia de que basta con pedirle a una inteligencia artificial que escriba una novela para obtener un buen resultado. Ojalá fuera tan sencillo. Quien lo haya intentado habrá comprobado enseguida que no funciona así. Si quien está al otro lado no tiene criterio, ni experiencia, ni cultura, ni imaginación, ni una historia que contar, el resultado será un texto aparentemente correcto, incluso elegante en ocasiones, pero profundamente vacío. Porque escribir nunca ha consistido únicamente en enlazar palabras con corrección. Escribir consiste, sobre todo, en tener algo que decir y saber decirlo.

La inteligencia artificial puede ayudarte a ordenar ideas, proponer estructuras, localizar contradicciones, mejorar el estilo, resumir documentación, encontrar referencias o sugerir nuevos enfoques. Todo eso lo hace extraordinariamente bien. Pero no puede sustituir la mirada personal del autor, ni su capacidad para relacionar ideas, ni su sensibilidad, ni su experiencia vital. Puede ayudar a escribir mejor. No puede inventar una personalidad que no existe.

En realidad, esto no debería sorprendernos. Tener el mejor piano del mundo nunca convirtió a nadie en Chopin. Comprar la mejor cámara fotográfica jamás fabricada tampoco convirtió a nadie en un gran fotógrafo. Del mismo modo, disponer de la inteligencia artificial más avanzada no convierte automáticamente a nadie en escritor. Las herramientas amplían el talento; no lo crean. Un mal escritor seguirá escribiendo malos libros. Probablemente los escribirá más deprisa, pero seguirán siendo malos libros.

Por eso me cuesta entender que buena parte del debate público se esté centrando en la herramienta y no en el resultado. Tengo la impresión de que muchas personas siguen contemplando la inteligencia artificial como si fuera una especie de autor alternativo, cuando en realidad es algo mucho más parecido a un extraordinario asistente de investigación, un documentalista incansable, un corrector de estilo, un editor paciente o un secretario capaz de trabajar las veinticuatro horas del día. Nada más. Y, al mismo tiempo, nada menos.

Conviene recordar, además, que la inteligencia artificial tampoco aparece por generación espontánea. Es una creación humana. Ha sido diseñada por personas, entrenada con conocimiento producido por personas y mejorada constantemente por personas. Detrás de cada respuesta que genera hay millones de páginas escritas por seres humanos y miles de investigadores que llevan décadas desarrollando esta tecnología. Al final, detrás de cada inteligencia artificial siempre hay inteligencia humana (al menos, de momento).

Por eso creo que estamos planteando mal el debate. No deberíamos clasificar un libro por la herramienta con la que ha sido escrito, del mismo modo que nunca hemos clasificado una novela por el modelo de máquina de escribir que utilizó su autor o por la marca del ordenador en el que redactó el manuscrito. Lo único que realmente debería importar es si esa obra merece nuestro tiempo.

Porque, al fin y al cabo, los malos libros existían mucho antes de que apareciera la inteligencia artificial. Y me temo que seguirán existiendo mucho después.

Tomás Cascante
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P. D. Este artículo lo he escrito, con el inestimable apoyo de la inteligencia artificial. No solo no tengo ningún inconveniente en reconocerlo, sino que sería una contradicción ocultarlo después de haber defendido precisamente esta tesis. Las ideas, la estructura, el criterio y la responsabilidad son exclusivamente míos. La inteligencia artificial ha sido, sencillamente, la mejor herramienta de escritura que he tenido nunca.