Opinión

Sergi Marcén · EL PROBLEMA NO SON LAS PANTALLAS.

Sergi Marcén 12 de septiembre de 2026 ⏱ 5 min lectura
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Cada vez que los resultados educativos empeoran tenemos la tentación de buscar un culpable fácil. Y si es visible, todavía mejor. Esta vez son las pantallas. Ordenadores, tabletas, móviles y, muy pronto, también la inteligencia artificial. El relato es sencillo, hemos llenado las aulas de tecnología y nuestros hijos aprenden menos. Por lo tanto, retiremos la tecnología y recuperaremos el aprendizaje. El problema es que los datos internacionales no encajan demasiado bien con esta explicación.

Estonia es probablemente uno de los ejemplos más interesantes. Hace casi treinta años decidió integrar la digitalización en su sistema educativo. No lo hizo simplemente repartiendo ordenadores. Construyó una estrategia continuada que ha incluido conectividad, infraestructuras, contenidos, competencias digitales y, sobre todo, formación del profesorado.

Hoy Estonia continúa entre los mejores sistemas educativos europeos. En PISA 2025 obtiene 527 puntos en ciencias, frente a los 477 de España. Unos cincuenta puntos de diferencia. Pero hay un dato todavía más interesante, en España, aproximadamente el 86% de los alumnos estudian en centros donde el uso del móvil está prohibido, mientras que en Estonia este porcentaje es solo del 26%. Los alumnos estonios declaran, además, más tiempo de ocio digital dentro de la escuela que los españoles.

Esto no demuestra que utilizar el móvil mejore los resultados académicos. Sería absurdo establecer esa causalidad. Pero sí cuestiona seriamente la afirmación contraria, «que las pantallas explican por sí solas los malos resultados.»

Estonia tampoco es un caso aislado. Singapur, uno de los sistemas educativos más digitalizados del mundo, continúa encabezando las clasificaciones internacionales. Sus estudiantes utilizan habitualmente dispositivos digitales para aprender y la inteligencia artificial ya forma parte de la experiencia educativa de muchos de ellos. Dinamarca presenta también un uso educativo de dispositivos digitales considerablemente superior al de España y mantiene resultados competitivos.

Por lo tanto, quizá nos estamos haciendo la pregunta equivocada. La cuestión no es cuánta tecnología hay en el aula, sino «qué hacemos con ella».

Algunos lo sabemos perfectamente porque llevamos décadas observando el mismo fenómeno en las empresas y administraciones públicas. Una organización puede invertir millones en tecnología, implantar un ERP, herramientas colaborativas, automatización y ahora inteligencia artificial y, a pesar de todo, continuar funcionando prácticamente igual. La tecnología no transforma una organización si a su alrededor no transformamos también los procesos, las competencias, la formación y la cultura.

Digitalizar un mal proceso no lo convierte en un buen proceso. Simplemente lo convierte en un mal proceso digital. En la escuela ocurre exactamente lo mismo.

Sustituir un libro por un PDF no es transformación educativa. Proyectar en una pantalla la misma clase que antes impartíamos utilizando una pizarra tampoco. Y repartir un ordenador a cada alumno sin transformar metodologías, contenidos, evaluación y formación docente es distribuir equipamiento, no transformar la educación.

Naturalmente, las pantallas pueden generar distracción. Y los móviles pueden interferir gravemente en la concentración. Por eso es razonable establecer límites y decidir en qué momentos un dispositivo debe estar abierto y en cuáles debe estar guardado. Pero una cosa es regular su uso y otra muy distinta convertir la prohibición en una política educativa. Prohibir es fácil. Transformar es mucho más difícil.

Formar a miles de docentes, experimentar con metodologías, evaluar qué funciona, corregir lo que no funciona y mantener una estrategia educativa durante veinte o treinta años requiere mucha más perseverancia que retirar una pantalla de un aula. Y esa continuidad es precisamente una de las características de países como Estonia.

Hay, además, una pregunta que deberíamos hacernos. Imaginemos que Cataluña hubiera obtenido estos mismos malos resultados después de veinte años sin ordenadores, sin tabletas, sin conectividad y sin tecnología educativa. ¿Qué estaríamos diciendo hoy?

Probablemente afirmaríamos que la escuela catalana se ha quedado en el siglo XX. Que nuestros alumnos no están preparados para una sociedad digital. Que existe una brecha tecnológica respecto a los países más avanzados y que es necesario modernizar urgentemente las aulas.

Es paradójico, ante los mismos resultados, sin tecnología probablemente diríamos que el problema es que nos falta tecnología. Como ahora la tenemos, corremos el riesgo de concluir que el problema es que tenemos demasiada. Quizá no sea ni una cosa ni la otra. Quizá lo que realmente importa sea la calidad del sistema que hay detrás.

La tecnología no sustituye a un buen profesor. Tampoco sustituye la comprensión lectora, el esfuerzo, la memoria, el razonamiento, la conversación, la escritura o la capacidad de concentración. Pero, bien utilizada, puede ampliar las capacidades del profesor y del alumno. Mal utilizada, puede amplificar también los defectos del sistema.

Y esta discusión será todavía más importante con la inteligencia artificial. Podemos intentar expulsarla de las escuelas o podemos asumir que nuestros hijos vivirán y trabajarán en un mundo en el que la IA será omnipresente y que, por lo tanto, una de las misiones de la escuela será enseñarles a utilizarla con criterio, autonomía y espíritu crítico.

El objetivo de la educación no debería ser proteger a los alumnos de la tecnología, sino prepararlos para que sean capaces de dominarla sin que la tecnología los domine a ellos.

Por eso, antes de preguntarnos cuántas pantallas debemos retirar de las aulas, deberíamos preguntarnos qué escuela queremos construir a su alrededor. Porque la tecnología no determina el resultado. Amplifica el sistema que la utiliza.

Y quizá el problema de la educación catalana no sea que hayamos introducido demasiada tecnología en las aulas, sino que todavía no hemos llevado a cabo toda la transformación educativa necesaria para que esa tecnología tenga sentido.

Sergi Marcén
Este artículo ha sido publicado directamente por su autor, un colaborador de confianza de BarcelonaDot.org. Su contenido refleja exclusivamente su perspectiva personal y no ha pasado por el proceso editorial habitual del medio.

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