Opinión

Sergi Marcén · EL PODER DEL PODER

Sergi Marcén 21 de junio de 2026 ⏱ 4 min lectura
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Hay imágenes que explican una época mejor que cualquier discurso. La cumbre del G-7 celebrada en Évian-les-Bains, en Francia, ha dejado una de ellas: los líderes de las principales democracias industriales sentados no solo con otros Estados aliados, sino también con los grandes protagonistas de la revolución tecnológica.
No es un detalle menor. Es una señal de los tiempos.
Durante décadas, el poder mundial se organizaba alrededor de los gobiernos, los bancos centrales, los ejércitos, las grandes instituciones internacionales y las diplomacias nacionales. Hoy, sin embargo, una parte creciente de ese poder se ha desplazado hacia otro lugar: las plataformas digitales, los laboratorios de inteligencia artificial, los centros de datos, los chips, los algoritmos y las empresas capaces de condicionar la economía, la seguridad y hasta la manera en que las sociedades reciben la información.
El G-7 sigue siendo el club de las grandes potencias democráticas: Estados Unidos, Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y Reino Unido, con la Unión Europea como actor permanente. A su alrededor se han sumado países asociados e invitados estratégicos, conscientes de que los grandes problemas globales ya no pueden resolverse desde una mesa exclusivamente occidental. Pero la gran novedad de esta cumbre no ha sido solo diplomática. Ha sido tecnológica.
Por primera vez, las grandes empresas privadas de la inteligencia artificial han entrado de lleno en una conversación reservada hasta hace poco a los Estados. Y eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿quién manda realmente en el mundo que viene?
Los gobiernos conservan la legitimidad democrática. Son elegidos, responden ante parlamentos, comparecen ante la opinión pública y, al menos en teoría, deben rendir cuentas. Las grandes tecnológicas, en cambio, no pasan por las urnas. Pero sus decisiones afectan a millones de personas. Deciden qué herramientas usamos, cómo se ordena la información, qué sistemas se incorporan al trabajo, qué modelos de inteligencia artificial se despliegan y bajo qué condiciones.
No estamos hablando simplemente de empresas innovadoras. Estamos hablando de nuevas estructuras de poder.
La inteligencia artificial no es una aplicación más. Es una infraestructura. Quien controle los modelos, los datos, la nube, la capacidad de cálculo y los estándares técnicos tendrá una posición privilegiada en la economía del siglo XXI. Por eso los Estados quieren estar cerca de estas compañías. Y por eso estas compañías quieren estar cerca de los Estados.
La reunión de Évian muestra una realidad difícil de ignorar: la política necesita a la tecnología, pero la tecnología también necesita legitimidad política. Los gobiernos no pueden regular lo que no comprenden. Las empresas no pueden desplegar tecnologías de alcance global sin algún tipo de aceptación institucional. Entre ambos mundos se está construyendo una nueva zona gris, donde se mezclan cooperación, dependencia, influencia y competencia.
Ese es el verdadero núcleo del debate.
Porque una democracia no solo se mide por quién gana unas elecciones. También se mide por quién tiene capacidad real para decidir sobre la vida colectiva. Si las decisiones esenciales sobre inteligencia artificial, seguridad digital, información pública o infraestructuras críticas se toman en espacios donde los ciudadanos apenas tienen voz, entonces la democracia se enfrenta a un desafío profundo.
La pregunta no es si las empresas tecnológicas deben participar en estas conversaciones. Deben hacerlo. Sería absurdo regular la inteligencia artificial sin escuchar a quienes la desarrollan. La pregunta es otra: ¿participan como asesores o como nuevos soberanos?
Ahí está la frontera delicada.
El poder político tiene normas, procedimientos y controles. El poder tecnológico avanza con velocidad, capital privado y una enorme capacidad de imponer hechos consumados. Cuando ambos poderes se sientan en la misma mesa, puede nacer una gobernanza más inteligente. Pero también puede consolidarse una forma de poder difícil de controlar democráticamente.
Évian no ha sido solo una cumbre internacional. Ha sido un espejo.
Nos ha mostrado que el siglo XXI ya no se organizará únicamente alrededor de Estados y fronteras. Se organizará también alrededor de datos, energía, computación, inteligencia artificial y plataformas globales. Y en ese nuevo escenario, las democracias tendrán que decidir si quieren gobernar la tecnología o limitarse a acompañarla.
Porque el riesgo no es que la inteligencia artificial sea poderosa. El riesgo es que el poder que la dirige quede fuera del alcance de la ciudadanía.
Por eso esta cumbre importa.
No por la fotografía oficial, ni por los comunicados cuidadosamente redactados, ni por las palabras solemnes sobre cooperación internacional. Importa porque revela una transformación silenciosa: el poder democrático ha reconocido que ya no está solo en la cúspide.
A su lado se sienta otro poder.
Un poder privado, tecnológico, global y cada vez más decisivo.
Ese es el poder del poder.

Sergi Marcén
Este artículo ha sido publicado directamente por su autor, un colaborador de confianza de BarcelonaDot.org. Su contenido refleja exclusivamente su perspectiva personal y no ha pasado por el proceso editorial habitual del medio.