Opinión

Héctor Santcovsky · LA MAYOR AMENAZA DE LA IA NO ES EL EMPLEO, SINO EL APRENDIZAJE

Héctor Santcovsky 29 de junio de 2026 ⏱ 4 min lectura
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Mientras el debate se centra en los puestos de trabajo que desaparecerán, una transformación más silenciosa amenaza el aprendizaje profesional y la movilidad social.
El debate sobre la inteligencia artificial se ha reducido durante meses a unas pocas preguntas: ¿cuántos empleos destruirá?, ¿cómo la regulamos?, ¿hay una burbuja en las valoraciones?, ¿qué papel juega Europa? Son cuestiones relevantes, pero no las únicas que importan.
Lo que ya empieza a comprobarse es que la mayor transformación de la IA no consiste en sustituir trabajadores, sino en alterar el proceso mediante el cual se forman los futuros profesionales. Si desaparecen los empleos donde tradicionalmente se aprendía un oficio, el problema deja de ser solo el empleo: es la capacidad misma de producir experiencia, conocimiento y movilidad social.
Las grandes revoluciones tecnológicas siempre han sustituido tareas antes que ocupaciones enteras, y han creado actividades nuevas. Todo indica que la IA seguirá ese camino. Pero reducir el debate al número de empleos que desaparecerán es mirar el problema con un foco demasiado estrecho.
Durante generaciones, las empresas no solo han producido bienes y servicios: también han producido conocimiento. El recién graduado empezaba con tareas rutinarias, observaba a los más experimentados, cometía errores, aprendía de ellos y asumía responsabilidades crecientes. Esas tareas repetitivas nunca fueron el destino profesional de nadie: eran la escuela donde se construía el conocimiento experto. Y es precisamente ese primer escalón el que la IA automatiza con más facilidad.
Los primeros estudios publicados en Estados Unidos y Europa apuntan a una tendencia que merece atención: la IA todavía no provoca una destrucción masiva de empleo, pero sí está ralentizando la contratación en ocupaciones intensivas en conocimiento. Los trabajadores experimentados mantienen su posición —e incluso aumentan su productividad gracias a estas herramientas—, mientras los perfiles más jóvenes encuentran más dificultad para acceder a ciertas profesiones. No desaparecen los oficios; desaparecen los trabajos con los que tradicionalmente se aprendían.
Michael Polanyi distinguía entre conocimiento explícito —el que cabe en un manual— y conocimiento tácito, el que solo se adquiere con la experiencia. La IA reproduce el primero con enorme eficacia, pero sigue dependiendo del segundo cuando entran en juego el contexto, la intuición, la negociación o la responsabilidad. Un médico, un ingeniero, un abogado o un directivo toman sus mejores decisiones apoyándose en años de práctica, no solo en información. La experiencia sigue siendo profundamente humana.
La paradoja es evidente: cuanto mejor funciona la IA, más valiosa se vuelve la experiencia… y más difícil resulta adquirirla.
Durante décadas dimos por hecho que el ascensor social funcionaba casi automáticamente: buena formación, primer empleo, años de experiencia, progreso profesional. No era un sistema perfecto, pero ofrecía un recorrido reconocible. La IA amenaza con alterar precisamente ese mecanismo. Si las empresas necesitan cada vez menos profesionales junior porque los sistemas inteligentes asumen sus tareas iniciales, lo que se erosiona no es solo un conjunto de puestos de trabajo: es el itinerario mediante el cual una persona construye una carrera.
Esta puede ser una de las transformaciones sociales más profundas de las próximas décadas. Las clases medias no surgieron solo del crecimiento económico, sino de que millones de personas pudieron incorporarse al mercado laboral, acumular experiencia y convertir ese conocimiento en mejores salarios y mayor estabilidad. El aprendizaje profesional fue, durante generaciones, uno de los grandes motores de la movilidad social.
Las empresas tendrán que asumir un papel distinto. Ya no bastará con implantar modelos de IA: será necesario rediseñar los itinerarios de aprendizaje, reforzar la tutoría entre sénior y júnior, y crear espacios donde la IA complemente —y no sustituya— la transmisión de experiencia. El reto alcanza también a universidades, centros de formación profesional y administraciones: si los primeros escalones desaparecen, habrá que reinventar el puente entre la educación y el trabajo.
Para un ecosistema como el de Barcelona, que aspira a consolidarse como polo europeo de innovación en IA, el desafío no será solo atraer centros de datos, startups o inversión tecnológica. El activo estratégico seguirá siendo el talento. La pregunta decisiva es si nuestras empresas, universidades y centros de investigación seguirán siendo capaces de formar a quienes liderarán la próxima generación de innovación. La ventaja competitiva no dependerá solo de tener mejores algoritmos, sino de preservar el proceso por el cual la experiencia se convierte en capacidad de innovar.

Héctor Santcovsky
Este artículo ha sido publicado directamente por su autor, un colaborador de confianza de BarcelonaDot.org. Su contenido refleja exclusivamente su perspectiva personal y no ha pasado por el proceso editorial habitual del medio.