Opinión

Sergi Marcén · VOLVER A MIRARNOS A LOS OJOS.

Sergi Marcén 30 de junio de 2026 ⏱ 4 min lectura
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Hace apenas unas décadas, descubrir a una persona era una aventura. Podía comenzar en una fiesta mayor, en un concierto, en el supermercado, en el mercado del pueblo, en el gimnasio o simplemente en una conversación inesperada mientras se esperaba el tren. No había perfiles, ni fotografías filtradas, ni algoritmos seleccionando quién podía gustarnos. Solo había una mirada, una conversación y esa sensación tan humana de incertidumbre.

Hoy, en cambio, cada vez más relaciones comienzan detrás de una pantalla. Las aplicaciones de citas, las redes sociales y la mensajería instantánea han convertido el descubrimiento del otro en una sucesión de fotografías, emojis, corazones y *likes*. Nos permiten conectar con miles de personas, pero, paradójicamente, también nos alejan de la experiencia más auténtica de conocer a alguien.

Porque una mirada dice mucho más que millones de corazones digitales.

Cuando dos personas se encuentran cara a cara, se produce una comunicación imposible de reproducir en una pantalla. El lenguaje corporal, el tono de voz, los silencios, los nervios, las sonrisas espontáneas, la forma de mover las manos o de escuchar. Todo ello forma parte de un lenguaje profundamente humano que ningún teclado puede transmitir.

Una conversación en persona es imperfecta. Y precisamente por eso es real.

En cambio, en el universo digital disponemos de tiempo para pensar cada respuesta, para borrar aquello que no nos gusta, para construir una versión idealizada de nosotros mismos. La tecnología nos permite conectar, sí, pero a menudo también nos impide mostrarnos tal y como somos.

El problema no es solo tecnológico. También es biológico.

Las grandes plataformas digitales han aprendido a competir por nuestra atención utilizando los mismos mecanismos que activan los sistemas de recompensa del cerebro. Cada notificación, cada *like*, cada nuevo mensaje genera pequeñas descargas de dopamina que nos impulsan a volver una y otra vez. Es un sistema extraordinariamente eficaz para mantenernos conectados a las pantallas. Tan eficaz que, a veces, olvidamos que la vida transcurre fuera de ellas.

La semana pasada pude comprobarlo personalmente durante una verbena de San Juan. Había un grupo de personas reunidas para celebrar, compartir y disfrutar de una noche especial. Pero me sorprendió comprobar que algunas de ellas estaban más ocupadas haciendo fotografías para publicarlas en las redes sociales que interactuando con la gente que tenían a su lado riendo y bailando.

Más tiempo buscando el ángulo perfecto que mirando a los ojos de quien tenían delante. Más preocupación por obtener reacciones digitales que por generar recuerdos reales. Es una paradoja extraordinaria. Nunca habíamos estado tan conectados tecnológicamente y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tanta dificultad para establecer conexiones humanas profundas.

Quizá ha llegado el momento de recuperar algo que estamos dejando escapar. Volver a descubrir a las personas sin filtros. Volver a iniciar conversaciones sin saber cómo terminarán. Volver a equivocarnos, a dudar, a improvisar. Volver a sentir ese cosquilleo en el estómago antes de acercarnos a hablar con alguien que nos gusta. Volver a sonrojarnos.

Porque esa vergüenza que hoy muchos intentan evitar es, en realidad, una de las señales más evidentes de que algo importante está sucediendo. Es la prueba de que nos importa lo que el otro piensa, de que nos exponemos, de que asumimos el riesgo de ser rechazados o aceptados.

Ninguna aplicación puede sustituir esa emoción. Ningún algoritmo puede reproducir la magia de una conversación inesperada. Ninguna cantidad de *likes* puede igualar la intensidad de una mirada sostenida durante unos segundos.

La transformación digital nos ha proporcionado herramientas extraordinarias. Pero no deberíamos permitir que la tecnología sustituyera aquello que nos hace humanos.

Quizá el gran reto de nuestra época no sea conectar más dispositivos. Quizá el gran reto sea volver a conectar personas.

Y eso solo puede hacerse mirándonos a los ojos.

Sergi Marcén
Este artículo ha sido publicado directamente por su autor, un colaborador de confianza de BarcelonaDot.org. Su contenido refleja exclusivamente su perspectiva personal y no ha pasado por el proceso editorial habitual del medio.