¿Cuántas veces te has preguntado cómo las abejas han sido capaces de diseñar una estructura tan perfecta como un panal de celdas hexagonales?
Supongo que le has dado vueltas. Y seguro que alguna vez te has cruzado con alguien que, frente a esta obra de ingeniería, aprovecha para deslizar principios creacionistas frente a la teoría de la evolución. No lo culpo; al fin y al cabo, cuesta creer que una maravilla físico-matemática de tal calibre sea el producto de un proceso evolutivo aparentemente ciego: miles de celdas hexagonales perfectamente encajadas, capaces de almacenar la máxima cantidad de miel utilizando la mínima cantidad de cera.
¿Cómo demonios puede un simple insecto diseñar y construir una estructura geométricamente tan perfecta? Parece difícil aceptar que detrás de semejante prodigio no haya cálculo, intención o alguna forma de inteligencia, diseñador o creador.
Pero fíjate: ahora resulta que estábamos haciéndonos la pregunta equivocada. Porque ahora sabemos que las abejas no construyen hexágonos; construyen cilindros en un proceso natural mucho más lógico y entendible.
Llevamos siglos admirando a las abejas por las razones equivocadas. Desde los antiguos matemáticos griegos como Papo de Alejandría hasta el mismísimo Charles Darwin, la humanidad ha observado la geometría perfecta de un panal y ha concluido que estos insectos son auténticos genios de la ingeniería y las matemáticas. La celda hexagonal es el diseño óptimo indiscutible para optimizar el espacio. Durante mucho tiempo, pensamos que las abejas lo sabían.
Nos las imaginábamos naciendo con un compás y un cartabón evolutivo integrado en su instinto, calculando ángulos exactos de 120 grados para ensamblar sus colmenas.
Pero la realidad es mucho más simple y nos obliga a bajar a las abejas del pedestal de la geometría para subirlas al de la física aplicada. Imagina a una abeja obrera trabajando en la oscuridad de la colmena. Extrae una escama de cera translúcida de las glándulas de su abdomen, la toma delicadamente con sus mandíbulas y la amasa hasta convertirla en una pasta maleable. Luego, con una precisión que desafía la imaginación, comienza a
levantar un tubo de cera completamente circular (cilíndrico)… alrededor de su propio cuerpo.
Su tórax, sus patas, la curvatura de su abdomen: todo sirve como molde cilíndrico. El diámetro interno del tubo (aproximadamente 6 milímetros) no es arbitrario, es exactamente el grosor de la abeja que lo construye. Pero aquí viene lo extraordinario: mientras trabaja, la abeja genera calor. Su metabolismo, el movimiento de sus alas y la fricción de su cuerpo contra la cera recién depositada
elevan la temperatura local hasta los 45 grados Celsius. A esa temperatura crítica, la cera —que en frío es sólida y quebradiza— se vuelve viscosa, elástica, casi líquida.
Y entonces, la física toma el control.
Donde tres tubos cilíndricos se tocan, la cera calentada fluye como lava en miniatura. La tensión superficial —esa misma fuerza que hace que el agua forme gotas esféricas— tira de las paredes curvas hacia adentro, aplanándolas. En cuestión de segundos, los círculos se fusionan, las paredes se enderezan, y
emerge la forma hexagonal que los matemáticos han demostrado durante dos milenios que es la más eficiente de todas.
Esta maravilla mecanicista dejó de ser una simple hipótesis en 2013. Un equipo de investigadores de la Universidad de Cardiff logró algo insólito: introducir humo en la colmena, para apartar a las obreras e interrumpir el proceso en su fase más temprana.
Demostraron empíricamente que las celdas más recientes eran tubos completamente redondos. Solo las celdas maduras, sometidas a la temperatura y a la tensión física, se habían metamorfoseado en hexágonos.
Quizás esto arroje luz sobre esa profunda inquietud que a veces sentimos ante la apabullante complejidad de la naturaleza. A menudo, la perfección que nos deja boquiabiertos no requiere de un arquitecto hiperconsciente trazando planos al milímetro. A veces, el verdadero genio de la naturaleza consiste simplemente en poner los materiales correctos en el lugar adecuado, aplicar un poco de calor y dejar que el universo busque, por sí solo, su equilibrio más perfecto.
Tomás Cascante