Opinión

Sergi Marcén · EL CEREBRO NO BUSCA LA VERDAD.

Sergi Marcén 13 de julio de 2026 ⏱ 5 min lectura
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Cada vez que desbloqueamos el teléfono, hacemos una búsqueda en Internet o preguntamos algo a una inteligencia artificial, solemos pensar que estamos utilizando tecnología para conocer mejor la realidad. Sin embargo, la neurociencia lleva años diciéndonos algo incómodo: nuestro cerebro nunca ha tenido como prioridad conocer la verdad. Su misión principal siempre ha sido otra mucho más sencilla y mucho más importante: mantenernos vivos.
Puede parecer una afirmación provocadora, pero basta con observar cómo funciona nuestro día a día para comprobarlo. No percibimos todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Recordamos solo una parte de lo que vivimos. Interpretamos las situaciones desde nuestras experiencias previas y, muchas veces, tomamos decisiones antes incluso de ser conscientes de haberlas tomado.
En otras palabras, nuestro cerebro no es una cámara de vídeo que registra la realidad de forma objetiva. Es un magnífico constructor de hipótesis. Predice constantemente qué está ocurriendo y qué va a suceder a continuación. Después compara esas predicciones con la información que recibe a través de los sentidos y corrige los errores cuando es necesario. Vivimos, en gran medida, dentro de la interpretación que hace nuestro cerebro del mundo.
Y precisamente por eso la tecnología tiene hoy un impacto mucho mayor del que solemos imaginar.
Durante siglos, el entorno en el que evolucionó el ser humano cambiaba lentamente. Nuestro cerebro aprendió a detectar amenazas, reconocer rostros, identificar oportunidades y ahorrar energía. Pensar de forma profunda requiere un enorme esfuerzo biológico. Automatizar decisiones, crear hábitos y utilizar atajos mentales resulta mucho más eficiente. Gracias a ello sobrevivimos como especie.
Pero la revolución digital ha cambiado las reglas del juego.
Hoy convivimos con dispositivos y plataformas diseñados para competir por el recurso más escaso que tenemos: nuestra atención. No luchan únicamente por vendernos un producto o un servicio. Compiten por ocupar unos segundos más de nuestro tiempo, porque saben que aquello a lo que prestamos atención termina moldeando lo que pensamos, lo que recordamos y, en muchas ocasiones, también lo que creemos.
La atención funciona como el foco de una linterna. Miles de estímulos llegan a nuestro cerebro cada segundo, pero solo unos pocos consiguen atravesar ese filtro. Quien consigue dirigir ese foco obtiene una influencia extraordinaria.
Las redes sociales entendieron esta realidad mucho antes que la mayoría de nosotros. Sus algoritmos no intentan mostrarnos el mundo tal como es. Intentan mostrarnos aquello que, según predicen, mantendrá nuestra atención durante más tiempo. Y como nuestro cerebro responde con mayor intensidad a la novedad, a la incertidumbre o a las emociones intensas, esos contenidos suelen tener ventaja sobre otros más pausados o reflexivos.
La inteligencia artificial lleva este fenómeno un paso más allá.
Por primera vez disponemos de sistemas capaces de mantener conversaciones, adaptar respuestas a cada persona y aprender de enormes cantidades de información. Son herramientas extraordinarias para aumentar nuestra productividad, aprender más rápido o acceder al conocimiento. Pero también pueden amplificar algunos de los sesgos con los que nuestro cerebro ya convivía.
Existe una tentación creciente de delegar cada vez más decisiones en la tecnología. Desde qué ruta seguir hasta qué película ver, qué noticia leer o incluso cómo redactar un informe. La IA puede ayudarnos a pensar mejor, pero también puede acostumbrarnos a pensar menos si dejamos de cuestionar sus respuestas.
Aquí aparece una paradoja fascinante.
Mientras la inteligencia artificial intenta parecerse cada vez más al funcionamiento del cerebro humano, la neurociencia nos recuerda continuamente que el cerebro tampoco es perfecto. Comete errores, reconstruye recuerdos, interpreta la realidad desde sus expectativas y utiliza atajos para ahorrar energía. Si trasladamos esos mismos mecanismos a sistemas tecnológicos sin comprenderlos, corremos el riesgo de automatizar no solo nuestras capacidades, sino también nuestras limitaciones.
Quizá el mayor desafío de esta nueva etapa no sea construir inteligencias artificiales más potentes. Probablemente sea construir ciudadanos capaces de comprender mejor cómo funciona su propia inteligencia.
Porque quien entiende cómo se forma una emoción, cómo se dirige la atención o cómo se construyen los recuerdos es mucho menos vulnerable a la manipulación, ya provenga de un algoritmo, de una campaña política, de un anuncio publicitario o de una conversación con una máquina.
La verdadera revolución tecnológica no consiste únicamente en desarrollar modelos de inteligencia artificial cada vez más sofisticados. Consiste en combinar ese avance con un conocimiento más profundo del ser humano.
Al fin y al cabo, seguimos utilizando un cerebro diseñado hace decenas de miles de años para enfrentarse a un mundo que ya no existe, mientras convivimos con tecnologías capaces de aprender a una velocidad nunca vista. La pregunta no es si la inteligencia artificial cambiará nuestra sociedad. Ya lo está haciendo.
La pregunta realmente importante es si conoceremos lo suficiente nuestro propio cerebro para seguir siendo nosotros quienes decidamos cómo utilizarla.

Sergi Marcén
Este artículo ha sido publicado directamente por su autor, un colaborador de confianza de BarcelonaDot.org. Su contenido refleja exclusivamente su perspectiva personal y no ha pasado por el proceso editorial habitual del medio.