Viajar: el lujo que la inteligencia artificial transforma
Viajar sigue siendo nuestro gran lujo (aunque ahora la IA nos ayuda a planearlo)
Hay placeres que resisten el paso del tiempo, las crisis y hasta las modas, y viajar es uno de ellos. El informe Travel Trends 2026 de Visa, elaborado junto al Payment Innovation Hub, confirma que el 84% de los españoles sitúa los viajes entre sus prioridades de gasto favoritas y les dedica en torno al 10% de su salario. No es un capricho pasajero: es una prioridad que se ha ganado un lugar fijo en el presupuesto, quizá porque los recuerdos pesan más que las cosas.
Sin embargo, aunque viajar siga siendo una de nuestras actividades favoritas, sí está cambiando la manera en que lo hacemos. Seguimos organizando la maleta con la misma ilusión de siempre, persiguiendo esa experiencia que merezca ser recordada, pero ahora nos preparamos con un asistente de IA sugiriendo hoteles boutique o resolviendo una reserva. El estudio lo certifica: el 47% de los españoles ya usa herramientas de inteligencia artificial para planificar sus escapadas, y casi tres de cada cuatro estarían dispuestos a dejar que un asistente inteligente gestionara ciertas compras del viaje, siempre que la última palabra siga siendo suya.
La tecnología no toma las decisiones; simplemente libera al viajero de la gestión para que pueda centrarse en lo esencial: disfrutar del destino. En esa diferencia radica el verdadero cambio de fondo. Durante años, el lujo viajero se medía en estrellas de hotel, asientos de primera clase o compras con nombre propio. Ese código no ha desaparecido, pero ha dejado de ser suficiente. El nuevo lujo es intangible: acceder a lugares desconocidos, moverse por una ciudad como lo haría quien la habita y no quien la visita, volver a casa con una experiencia que ninguna fotografía puede capturar del todo.
Como resume Eduardo Prieto, director general de Visa en España, el turismo de lujo dinamiza sectores enteros -hostelería, comercio, servicios premium- precisamente porque quien lo practica gasta más y busca experiencias de mayor valor. Un modelo turístico que, según Prieto, ya no se sostiene solo en la oferta cultural o de ocio de un destino, sino en la calidad y diversidad de su propuesta gastronómica, con la innovación en los pagos como aliada silenciosa que hace ese recorrido más ágil, seguro y conectado.
Los datos del gasto que realiza el turista internacional de lujo cuando visita nuestro país dibujan bien este giro. Los viajeros con mayor capacidad económica destinan cada vez más presupuesto a experiencias exclusivas y más de la mitad de ese gasto se concentra en ocio, cultura y restauración. Quienes llegan a España desde México, por ejemplo, gastan de media más de 24.500 euros durante su estancia, seguidos de cerca por turistas de China, Estados Unidos y Reino Unido.
Y si hay un ámbito donde esta evolución es más evidente, es en la mesa. La gastronomía ha dejado de ser el complemento de un viaje para convertirse, cada vez con más frecuencia, en su razón de ser: un 44% de los turistas internacionales valoraría cenar en un restaurante con estrella Michelin durante su estancia, cifra que se dispara por encima del 60% entre los viajeros procedentes de China. España, con 307 restaurantes distinguidos por la Guía Michelin, juega en primera división, apoyada en una despensa que combina tradición, producto local y una creatividad que no deja de reinventarse.
La planificación, mientras tanto, se ha adelantado como nunca. Casi el 90% de los viajeros organiza sus vacaciones con varios meses de antelación, y uno de cada dos reserva actividades antes incluso de pisar el destino. Las recomendaciones de un amigo conviven hoy con las reseñas en redes sociales y con aplicaciones capaces de anticipar qué nos va a gustar antes de que lo sepamos nosotros mismos.
Al final, nada de esto cambia el motivo por el que hacemos las maletas. La inteligencia artificial reorganiza el cómo; las experiencias se han convertido en el verdadero termómetro del lujo y la tecnología de pagos allana el camino en cada etapa del recorrido. Pero el porqué sigue siendo el de siempre: vivir algo que, cuando volvamos a casa, todavía nos apetezca contar.